Por José C. Nieves Pérez

En el vasto océano de bits y bytes, la tecnología se alza como un faro. Sus cables y circuitos son arterias de luz, que pulsan en un ritmo constante y claro. La red se extiende como una telaraña, atrapando datos en su tejido virtual. Las páginas web son hojas en el viento, que nos llevan a mundos llenos de enigmas y actual. Los ordenadores son torres de pensamiento, con sus discos duros como libros del saber. Las teclas son pinceles que dibujan palabras, y las pantallas, ventanas al infinito poder. La inteligencia artificial es un espejo mágico, que nos muestra reflejos de lo que podemos ser. Los algoritmos son hilos de una madeja, que tejen la realidad en un tapiz de conocer. Los smartphones son llaves a un universo portátil, como varitas mágicas en la palma de la mano. Las aplicaciones son jardines digitales, donde florecen ideas en un mundo lozano. Pero cuidado, no todo es lo que parece, pues la tecnología también tiene sus sombras. Los virus informáticos son plagas maliciosas, que infectan nuestros sueños y devoran nuestras horas. Aun así, la tecnología nos invita a soñar, a explorar nuevos horizontes sin cesar. Es un caballo alado que nos lleva lejos, hasta donde nuestra imaginación puede volar. En un mundo conectado por hilos invisibles, la tecnología se alza como una musa moderna. Nos inspira y nos reta a ser mejores, a crear, a innovar y a dejar huella eterna.